Estábamos en una jornada en la casa de retiro San Patricio. En ese tiempo, la zona de Cumbayá no era tan poblada como ahora. Había mucha naturaleza y campo, se podía caminar libremente sin restricciones, sin murallas ni autopistas que impidan el paso.
Vicente había pedido un guía para explorar la zona porque quería hacer “trabajo en la selva”; como yo vivía cerca y conocía bien los alrededores, me encargaron que fuera con él y le mostrara el lugar.
El caso es que partimos juntos. En ese tiempo yo era joven, la verdad es que estaba un poco nerviosa, alerta. Vicente tenía una presencia fuerte y yo me sentía expuesta, como si él mirara en mí más de lo que yo quisiera que viera. Mientras caminábamos, él me preguntó: “¿recuerdas lo que hablamos…?”.
Vicente me miró con ojos compasivos. Yo no le respondí, seguimos caminando mientras una tormenta de emociones me invadía el pecho.
Esa conversación ocurrió el 21 de diciembre de 1994, lo sé porque lo escribí en mi diario personal. Durante un intercambio, le dije a Vicente que tenía dificultades en compartir en los intercambios y que, con las últimas tareas, había comenzado a observar una parte dura, terca, osca en mí. Él me dijo: “esa dureza se da por lo afectivo, algo que tú debes soltar, olvidar, perdonar, y acercarte a conocer quién eres tú verdaderamente”. Sentí que con sus palabras desbarató mi educación, mis creencias, y topó mis miedos. Finalmente me dijo: hay que soltar lo viejo. Me sentí expuesta, quería llorar, mis compañeros me miraban y yo, toda altiva y rebelde, miraba a Vicente desafiante, era el único recurso que me quedaba.
Tres años más tarde me seguía quemando el pecho esa pregunta; sin embargo, había encontrado una meta: dejar lo viejo y tratar de encontrar quién soy yo verdaderamente.
Ahora, 33 años más tarde, sigo haciéndome esa misma pregunta: “¿quién soy yo?”, ya no desde la angustia, sino desde la serenidad, desde la sensación, desde un lenguaje que no tiene palabras, algo en mí entiende. Ahora tengo la certeza de que esa será siempre mi pregunta.
Mi mente seguía rumiando alrededor de esa conversación, recordando los detalles mientras caminábamos. Trataba de encontrar una respuesta adecuada, inteligente, elaborada; tenía miedo de no ser nada, de ser nada más que una mentira. Además, yo era la guía, yo conocía el lugar y, sin embargo, Vicente era el que guiaba con paso seguro. Avanzábamos, no sabía hacia dónde.
De pronto se detuvo de golpe. Yo, que venía distraída, sumida en mi propia miseria, casi tropiezo con él. Mi cara se puso roja, me corría sudor por la espalda. “Para”, me dijo Vicente y cerró los ojos, allí mismo en la mitad de la loma.
Yo obedecí. Paré, cerré los ojos y sentí mi torbellino interno, intenté respirar, sentía mi cuerpo tenso, sudoroso; seguí intentando, finalmente me rendí, aceptando mi situación interna, y el aire comenzó a salir con más libertad.
Luego de no sé cuánto tiempo algo se fue soltando, algo fue cediendo y, de pronto, escuché el canto de los pájaros y sentí el viento en mi cara. Vicente dijo “está bien”. Abrí los ojos, algo en mí se había ubicado en su lugar, me sentía más tranquila, un poquito más yo misma…
Seguimos caminando. Vicente se agachaba y cogía con sus manos la tierra, con mucha atención la miraba y la olía. “Esta es buena tierra, fértil”, me dijo, “hay que prepararla bien y dará buenos frutos”. Cada comentario que hacía me llegaba en lo personal, como si estuviera hablando de mí y no de la tierra.
Seguimos caminando y me dijo “por aquí hay una iglesia”. Yo me sorprendí, ya que él nunca había estado en este lugar. Respondí, “sí, Santa Rosa, es una pequeña iglesia de un caserío, a veinte minutos de caminata”.
Tenía la sensación de que Vicente sabía a dónde iba y cada paso que daba lo hacía con todo su ser. Yo me sentía como una cometa al viento, con miedo, insegura pero, a la vez, con un gran deseo de conocer, de encontrarme, de vivirme, de conocer quién soy, así que seguí caminando.
Llegamos a una quebrada llena de naturaleza, con helechos, orquídeas rojas… Un hermoso bosque de la serranía andina. Los eucaliptos, los pencos y todos los arbustos y plantas, muchas de ellas con propiedades curativas, otras comestibles como las moras y mortiños, daban al lugar un aire de solemnidad.
Comenzamos a subir por el filo de la quebrada y Vicente caminaba muy atento al entorno, activo, energético pero a la vez sereno y presente. Incluso cuando decidió resbalar por el filo de la quebrada para alcanzar una orquídea de un color muy rojo, mantenía una presencia, un señorío, una compostura, mientras los dos nos arrastrábamos por el suelo que estaba lleno de chinchillas y amores secos.
Vicente trataba de alcanzar la orquídea y yo lo sostenía lo mejor que podía. Pensaba “si le pasa algo, me matan en el grupo”. Alcanzó la orquídea y, cuando por fin la tuvo, se quedó mirándola con toda su atención, con todo su ser.
Seguimos caminando muy tranquilos, en silencio. Él, triunfante con su flor en la mano derecha. Así llegamos a la parte alta del cerro, el cielo estaba extremadamente azul y, en el fondo del valle, el volcán Cotopaxi majestuoso, con la nieve increíblemente blanca.
Nos quedamos maravillados en silencio. Vicente me preguntó “¿qué ves?”, yo respondí “el Cotopaxi”. Él sonrió, “¿qué sientes cuando ves el Cotopaxi?”. Cerré mis ojos tratando de sentir; cuando los volví a abrir me sentía serena, sentía la respiración suave, pausada, que llegaba hasta mi bajo vientre. Me sentí a mí misma y dije “un Dios, masculino, imponente; siento la belleza, la armonía de este momento en mí”. Él solo dijo “bien”, muy suavemente.
Nos quedamos allí por un momento.
Luego regresamos, a seguir la jornada en San Patricio. Al despedirnos, él me agradeció y me regaló su orquídea roja.


