Daumal: en búsqueda de la verdad

“Ice bergs, Long Point”, a stereograph by G. H. Nickerson (George Hathaway), featuring unknown figures, latter 19th century

René Daumal, nace en Boulzicourt, Ardennes, Francia, un 16 de marzo de 1908. La pregunta que se me asoma, dejándola sin responder, es: ¿Cómo se forjó Daumal? Ese poeta generoso y visionario, esencialista, valiente, generoso en su dar, dispuesto a rasgar el velo de lo real para tocar el ser y compartirnos su conmoción, cómo se creó? ¿Qué circunstancias de vida, paisajes, influencias de antepasados, padre, madre, amigos, poetas, corrientes artísticas, místicas, educación, infancia y adolescencia, historia vivida, sufrimientos forjaron a este poeta de la verdad? ¿Qué impresiones le dieron esa fuerza interior para ser?

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Los datos biográficos sin duda atraen nuestra atención hacia su exterioridad y nos lo describen, nos dan un perfil, un retrato valioso. Sin embargo, esa vida de una gran riqueza interior y exterior me toca también, y especialmente, por esas conmociones interiores expresadas desde lo más profundo de un sentimiento auténtico. ¿Cómo colocarnos frente a las mismas preguntas de Daumal, y dejarnos alcanzar por su interrogación y su vacío?

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Hay variados trabajos de investigación que nos relatan con suficiencia y profundidad sobre la vida y obra de Daumal. Uno de ellos de Carlos Rocha en La Vida y Obra de René Daumal1, un trabajo meticuloso y maravilloso:

“En efecto, el joven Daumal descubriría en otros autores los vestigios de su propio sendero, el cual habría de encausarse hacia una poética intimista centrada en el ser, la cual realzaría finalmente la búsqueda de la liberación interior y la sabiduría de las tradiciones orientales, sobre cuya literatura sagrada, arte, música, danza y poesía, escribió pioneras reseñas y notas…”

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Daumal, en su búsqueda encuentra en 1931 el contacto y la puerta a una enseñanza desconocida, el Cuarto Camino de George Ivanovitch Gurdjieff. El 6 de noviembre de 1931, Daumal y su esposa Vera pasan toda la noche conversando con Alexandre de Salzmann, el “guardián salvador” que menciona en su poema “Hechos Memorables”. La pareja, junto a otros amigos, continuaría en París las enseñanzas de Gurdjieff con madame de Salzmann, la viuda de Alejandro de Salzmann. El poeta estaba tan contento y reconfortado con ese encuentro que le participa a Roland de Renéville lo siguiente:

“Salzmann (con quien Vera y yo venimos de pasar toda una noche (digamos esotérica, historia divertida) se inquieta por ti… Habla de tu “ocultismo” y eso me llenó de satisfacción. Pero tú solo tienes un reflejo sombrío, un vago sentimiento de la persona que es. Estoy impaciente por el momento en que podrás entenderlo. Ciertamente, lo encontrarás en tu camino —como por azar— el día que tengas necesidad de ello. ¿Ya te dije que había venido a vivir cerca de nosotros, en la Convención? Viene al mismo café de la plaza casi a diario. si quieres, trata, “yo moriré pronto  —dice él—y no recibiré nada de lo que he querido tener. Y esa nada me será suficiente para vivir. Si esa nada me es suficiente para vivir, ¿qué es entonces la cosa misma”? Pero añado, que al transmitir estas palabras, lo traiciono todo, deformo, demuelo, todo lo mezclo. Es otra cosa muy distinta.”2   

La puerta que se les abrió a Daumal y a Vera, y a la cual respondieron con apertura igual, con entrega a la búsqueda e intensidad interior por conocer “la cosa misma”, empieza a mostrarles de inmediato la existencia de dos realidades siempre presentes simultáneamente, pero no siempre visibles ni perceptibles a nosotros, la del mundo de lo ordinario racional y la del misterio sin palabras que lo describan. Sin embargo en su poesía Daumal siempre lo intentará. 

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Michel Random, historiador de “El Grand-Jeu”, escribió sobre la obra de Daumal:

“No creo que haya en la historia de la literatura francesa ningún escritor, que en búsqueda de la verdad, haya mantenido tal rigor en eso que es. (…) Para él, el conocimiento no era distinto del ser, de la esencia de ser. En este sentido, su caso es único en la historia de la literatura contemporánea. No hay en su escritura nada excesivo, jamás, ni en su rigor intelectual ni en ningún otro rasgo de su personalidad.3

Quizás estas cualidades responden en Daumal a su vida misma de búsqueda al mismo tiempo que era un poeta de la verdad, y en sus escritos nos devela honestamente su despertar a la consciencia, el despertar a sí mismo, a su realidad interior y a ser puente entre los mundos.

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René Daumal muere el 21 de mayo de 1944 —en París— de tuberculosis, enfermedad incurable para esos momentos. Toda su vida y su fascinante y profunda obra, es un alimento fino para cualquier buscador espiritual y una joya de la poesía sacra occidental no monástica.

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Luc Dietrich, escritor francés nacido el 17 de marzo de 1913, también buscador dentro de la enseñanza de Gurdjieff, se hizo gran amigo de Daumal. Luc Dietrich y Daumal fueron presentados en París por Philippe Lavastine en septiembre de 1939: “A la petición de Dietrich de que expresara algo sobre la naturaleza de su amistad y los vínculos espirituales, Daumal le ofrece una amplia respuesta: “Todos nuestros encuentros deben convertirse en momentos sagrados”.4

El poema Hechos Memorables, es la respuesta profunda de Daumal a su amigo, hermano de búsqueda interior.

Para ti, Luc, por nuestra infancia, por nuestra esperanza compartida. 

René. Assy, Paques, 1942.

Hechos memorables

Acuérdate de tu madre y de tu padre, y de tu primera mentira, cuyo indiscreto olor se arrastra en tu memoria.
Acuérdate de tu primer insulto a los que te engendraron: la semilla del orgullo fue  sembrada, resplandeció la fisura, quebrando la unidad de la noche.

Acuérdate de los anocheceres de terror en los que el pensamiento de la nada te arañaba el vientre, y volvía sin cesar para picoteártelo como un buitre; y acuérdate de las mañanas de sol en el cuarto.
Acuérdate de la noche de liberación, en la que, al caer tu cuerpo suelto como un velamen, respiraste un poco del aire incorruptible; y acuérdate de los animales pegajosos que te han vuelto a aprisionar.

Acuérdate de las magias, de los venenos y de los sueños tenaces; —querías ver, te tapabas ambos ojos para ver, pero no sabías abrir el otro.
Acuérdate de tus cómplices y vuestros engaños, y de ese gran deseo de salir de la cárcel.

Acuérdate del día en que desgarraste la tela y te apresaron vivo, inmovilizando ahí, en el ruido de ruidos de las ruedas de ruedas que giran sin girar, tú adentro, atrapado siempre por el mismo momento inmóvil, repetido, repetido, y el tiempo no daba sino un giro, todo giraba en tres direcciones innumerables, el tiempo se cerraba al revés (y los ojos de carne sólo veían un sueño, solo existía el silencio devorador, las palabras eran pieles secas y el ruido, el sí, el ruido, el no, el alarido visible y negro de la máquina te negaba), el grito silencioso “Yo soy” que el hueso oye, por el que muere la piedra, por el que cree morir lo que nunca fue. Y tú renacías a cada instante solo para ser negado por el gran círculo sin límites, todo puro, todo centro, todo puro, excepto tú mismo.
Y acuérdate de los días que siguieron, cuando caminabas como un cadáver hipnotizado, con la certidumbre de ser devorado por el infinito, de ser aniquilado por la existencia única del Absurdo.

Y sobre todo acuérdate del día en que querías arrojarlo todo, de cualquier manera —pero un guardián velaba en tu noche, velaba mientras tu dormías, te hizo tocar tu propia carne, te hizo recordar a los tuyos, te hizo recoger tus andrajos. Acuérdate de tu guardián.

Acuérdate del espejismo hermoso de los conceptos, y de las palabras conmovedoras, palacio de espejos construido en un sótano; y acuérdate del hombre que vino, y lo rompió todo, que te tomó en su tosca mano, te arrancó de tus sueños y te obligó a sentarte sobre las espinas de la luz del día; y acuérdate que no sabes recordar.

Acuérdate que todo se paga, acuérdate de tu felicidad, pero cuando te trituraron el corazón, ya era demasiado tarde para pagar por adelantado.
Acuérdate del amigo que te ofrecía su razón para recoger tus lágrimas, brotadas de la fuente helada que violaba el sol de primavera.
Acuérdate que el amor triunfó cuando ella y tú supieron someterse a su fuego ansioso, rogando morir en la misma llama.
Pero acuérdate de que el amor no es de nadie, que en tu corazón de carne no hay nadie, que el sol no es de nadie; ruborízate al mirar el lodazal de tu corazón.

Acuérdate de las mañanas en que la gracia era como una vara enarbolada que te conducía, sumiso, a través de tus jornadas, —bienaventurado el ganado bajo el yugo!
Y acuérdate que entre sus dedos entumecidos tu pobre memoria dejó escapar el pez de oro.

Acuérdate de los que te dicen: acuérdate; acuérdate. Acuérdate de la voz que te decía: no caigas.  Y acuérdate del placer dudoso de la caída.
Acuérdate, pobre memoria mía, de las dos caras de la medalla —y de su metal único

Traducción del francés al español: Ana María Wangemann.5

Imagen: “Ice bergs, Long Point”, a stereograph by G. H. Nickerson (George Hathaway), featuring unknown figures, latter 19th century.

  1. Carlos Rocha. La Vida y Obra de René Daumal . Vol I, pág 18, Ed Monte Ávila, 2006. ↩︎
  2. Carlos Rocha. La Vida y Obra de René Daumal . Vol I. Páginas 70 y 71. Ed Monte Ávila, 2006. ↩︎
  3. Carlos Rocha. La Vida y Obra de René Daumal . Vol I, pág 13, Ed Monte Ávila, 2006. ↩︎
  4. Carlos Rocha. La Vida y Obra de René Daumal . Vol I, pág 139, Ed Monte Ávila, 2006. ↩︎
  5. Ana María Wangemann (1944-2026), tradujo este poema para la revista OJODEAGUA No. 11-vol V, La Consciencia, publicada en junio de 1992 en Bogotá-Colombia. ISSN 01208349 ↩︎

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